Recorro los pasillos que me llevan a Pantitlán. Soy consciente de su deterioro. Me parecen mugrosos. Momentos antes en el vagón del metro, con todo y sus lámparas fundidas, sus cristales rayados, sus anuncios pintarrajeados, he vuelto a sentir la conexión con esta gente. Quizá no la abrazaría, pero cualquier historia que me contara la creería más que todos los argumentos sesudos que soltamos allá en Valencia. Otra vez recuerdo al viejo que arrastraba lastimosamente su humanidad ayudado por el bastón y que estaba verdaderamente asqueado de toda nuestra autosuficiencia a la hora de emitir juicios. Vuelvo a pensar que es esta gente la que debería ir y decir las cosas, nosotros no. Allá afuera las calles son un caos de carcachas, ajetreo laboral que no dejará más que los pesos para el día de hoy; y mañana a repetir el ciclo. Esto es real, las zonas para turistas son artificiales. Mienten en todos los ámbitos. Los turistas no llegarán hasta acá, de la misma manera que nosotros no llegamos hasta la Valencia verdadera.
Admito que algo haya, que cada ser en cada sitio tiene su dosis de verdad. Tampoco son inexistentes todos esos personajes todo sonrisas y pulcritud y excelentes noticias y parabienes a los visitantes. Todos, todos son parte de una complicadísima realidad que se valida y se confirma en el engarce de millones de pequeñas realidades.
A pesar de mi regocijo en el metro de Valencia, lo cierto es que en cuanto escucho acercarse un altavoz con música de Gerardo Reyes mi pecho vuelve a sentir el garfío emocional que me ata a este país y sus formas de procurarse la explicación a sus sentimientos.
Pantitlán - Acatitla. Pasar de una línea a otra me llena la nariz de olor a fruta podrida. A carnitas apenas a punto de hervir. La línea del tren suena a rock urbano proveniente de una arcaica casetera en manos de un hijo de la Iztapalapa.
Carajo. Soy mexicano. Soy el producto de todas estas cosas; buenas o malas, equivocadas o cínicas. Contrastantes, luchonas, ferozmente alegres.
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