La segunda vez que piso Europa. La segunda oportunidad de hacer un mejor diario de viaje, aunque no sé si esa es mi intención. Como lo hice en el anterior, trataré de ir consignando lo más fielmente posible todo lo que se me venga a la cabeza, lo que vaya viendo, lo que me llame la atención y lo que crea que signifique algo.
Así que, comienzo.
Se supone que son las once de la noche en México, yo, que estoy en el aeropuerto de Barajas, veo en el reloj que son las seis de la mañana. A través de los ventanales de la puerta de embarque K contemplo las luces de las afueras de Madrid. Las cuatro veces que he estado aquí no me he enterado de cómo es la zona. Bemoles de ser simplemente pasajero en tránsito a otros destinos.
En esta ocasión la experiencia en el avión es menos expectante. No quise comer nada. El desayuno de unos totopos bañados en una salsa verde artificial y un engrudo que suplantaba a la crema me había predispuesto. Quizá el café con sabor a raíces fue lo que acabó por estropearme las habituales ganas de no dejar ni las briznas en los empaques metálicos.
Una vez en el aire, cuando el ambiente se relaja y los pasajeros comienzan a trasegar en sus maletas de mano, veo escenas curiosas. A derecha e izquierda contemplo rasgos que me ufano de reconocer como españoles, franceses, italianos, mexicanos. Una mujer se enguanta la mano en varios metros de papel higiénico sólo para sonarle los mocos a su hija de unos tres años que berrea con furia. Las filas en los sanitarios vuelven a ser protagonizadas por mujeres.
Los sonidos que elijo en mis auriculares incorporan instrumentos de cualquier parte del mundo. Disfruto mi vino y mi vaso de agua por espacio de dos horas; tranquilo, a pequeños sorbos, atento al efecto en mi organismo. Un par de días atrás, el siete de abril, fui con Ángel a beber clericot y comer crepas de pollo con salsa provenzal y otra de plátano con cajeta. Me maravilló cómo la combinación de música, licor, fruta, sabor y la compañía de Ángel, hicieron que una frescura anímica y corporal se me instalara en el cuerpo, contrarrestando esa infame calor que allá afuera era una viscosidad absoluta.
De vuelta en el avión, escucho un incesante murmullo de voces en distintos idiomas. No identifico nada, pero cada voz me confirma una existencia. Me resulta interesante pensar esto en el diminuto espacio del asiento de un avión. Pienso en la frase que antier le dije a YZM. "El mundo se contrajo hoy hasta hacerme coincidir con la misma gente en mil lugares diferentes". Así, el avión en el que viajo es una alegoría, un muestrario del mundo, todo en estos asientos y pasillos y lenguas y destinos que se esparcirán en riada una vez que aterricemos.
A veces pasa uno que otro pasajero que me mueve el cojín. ¿No será incómodo para algunos el crecer tanto?
La frase: "cada voz me confirma una existencia"
ResponderEliminarLa respuesta: Sí, sí es incómodo crecer tanto y a veces uno sólo toma conciencia de ello en los transportes públicos... y más si van por aire.
Sigo leyendo tu diario con atención.
habrás de visitarlo todo en días posteriores, hay cosas que reescribiré y agregaré fotos.
ResponderEliminarGracias Bety.