lunes, 18 de abril de 2011

Quinta vez en Barajas

Algo tiene de siniestro el aeropuerto cuando está vacío y hay todo este movimiento interminable de escaleras metálicas, letreros que se deslizan hacia abajo, luces que parpadean en las pantallas. Y luego ese difuso rumor que no sé de donde proviene. Por momentos no quiero caminar porque me imagino el taconeo agrandado en esta grandiosidad de acero, cristales, luces, columnas, ascensos y descensos.
Me instalo en un banco, más tarde me voy a otro y así poco a poco me voy acercando a un par de pantallas instaladas en los pasillos. No creí que hubiera teles. Debe ser mi poca concurrencia a los aeropuertos. Pero ya que está, me acomodo y veo un reportaje sobre las cárceles de Madrid. Comparo mentalmente la situación de estos presos con la que he visto en los ceresos de Tlaxcala y de alguna manera la diferencia se diluye.
Pero de repente esto comienza a cobrar vida. Pasajeros arrastrando maletas se van arremolinando alrededor de las pantallas y yo no me puedo creer la tremenda necesidad de pantalla que tiene esta gente, hasta que caigo en la cuenta de que vienen expectantes por algo: hoy juega el Real Madrid contra el Barcelona. Con razón. La gente llega con vasos de cerveza. Parece indisoluble la relación fútbol-cerveza, como si el ritual estuviera incompleto sin uno u otro. Como oficiar misa sin hostias ni vino. El juego comienza e inmediatamente los ojos se enganchan a la pantalla. Cada acercamiento de los jugadores a la portería contraria tensa los miembros y las caras de los aficionados de uno u otro bando. De veras que intento emocionarme, pero no se me da. Si me mantengo aquí es porque estoy cabeceando y quiero aprovechar cada retazo de sueño que me desconecte el cuerpo.

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