El avioncito de Air Nostrum nos trae a Valencia en cosa de treinta y cinco minutos. Salgo del aeropuerto, tomo la línea verde del metro con el primer sobresalto a mi bolsillo al pagar 2.90 euros. Al desembocar en el túnel donde tomarlo, me vuelve a extrañar el hecho de que aquí los trenes van de derecha a izquierda. Abordo el vehículo e inmediatamente un Valenciano fornido me hace la plática. Es un hombre que en el lapso de quince minutos me pormenoriza toda su existencia en el pueblo, su filiación a la cruz roja, sus diferentes estadíos en México, su vida de casado en Londres, la salud quebradiza de sus padres, los escasos dos años de existencia de esta red de metro valenciano, me apunta dirección, teléfono, casi casi el DNI. Baja una estación antes que yo prometiendo toda la ayuda que sea capaz de brindarme en cuanto yo le haga una llamada. Le agradezco sinceramente todo el rato de compañía y al llegar a la estación Colón otro buen valenciano me indica la ubicación de la Plaza Tetuan, donde está ese hostel que por medio del e-mail me aseguró que ya la universidad había pagado mi reservación para cinco días.
Llegué al hostel, dejé el equipaje. Hablé con Mario Cantú, que parece que siempre será el primero de los integrantes a quien me encuentre y otro pintor llamado David del Águila. Me desvanecí en el sillón del recibidor hasta que alguien me indicó que cuando quisiera podía subir a acomodar mi equipaje y asearme o lo que se me antojara. Subí, abrí la maleta, esparcí mis cosas y nuevamente dormí lo suficiente como para que al despertar ya el sentido del tiempo transcurrido se me hubiera convertido en un extraño churrasco imposible de moldear.
Maja llegó, Joaquín jalaba una maleta que parecía un chile de tela, saludé a los que poco a poco iban llegando y al negarme a acompañarlos en la primera reunión informal so pretexto de bañarme, comprendí que otro retazo de sueño iba a noquearme.
Cuando dsperté ya había dejado por la paz esa necesidad de reconocer el horario local, el reloj depulsera, la mini lap y los relojes en la pared no coincidían de ninguna manera. Ya bañado, con ropa limpia y más espabilado, bajé y en el recibidor ya se encontraba la mayoría. Abrazos por aquí y por allá, risas, recuerdos, palmadas chistes. Muros decorados en un estilo que por un momento me hace recordar el trabajo del amonio, y que acaba por hacerme entender que es una tendencia. En la televisión veo otra modalidad de traducción y consiste en una interprete para sordomudos haciendo los diálogos de todos los personajes de una serie que no reconozco. el café y los tés son gratis, así que puedo beber libremente cualquier cantidad sin desembolsar ni un céntimo hasta que otra vez, a dormir.
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