jueves, 14 de abril de 2011

Voy a tomarme mi lechita de la mañana. Me encuentro a Orlando Guillén bebiendo su segundo café. Me pongo a charlar con él y me desmenuza rápidamente sus impresiones del encuentro. ¿Qué me queda agregar después de sus impresiones? Jowita se nos une y me cuenta las suyas, que se parecen muchísimo a las del maestro. Se supone que ya deberíamos haber aprendido a llegar más profundamente en los encuentros mexjoven.
En el trayecto a la facultad me pregunta si visité los pueblos de Polonia. Le confieso que no y entonces me cuenta un par de historias intemporales en Beskid niski, un sitio en las montañas que los polacos llaman el fin del mundo. Una zona donde los Lemkos ancianos se han quedado solos. Hablan un idioma que los polacos varsoviacos poco entienden.
Me dibuja en la imaginación escenas de campo, de pastores, de casas viejas. Me habla de un ceramista al que prometo enviar esas cazuelitas de barro que traje y que no había decidido a quién valía la pena regalar. Acepto que no he conocido Polonia, tampoco Madrid, ni Barcelona ni París, ni Valencia. Es difícil sacar conclusiones en una visita con estas características. Pero entonces, lo entrevisto bien me ha generado una expectativa más específica sobre lo que espero conocer en alguna visita futura.
Al llegar a la facultad, y a falta de otra cosa, me trepo al escenario, junto a Neftalí y me dejo ir leyendo otro cuento. A partir de ahí se siguen los demás hasta que Maja nos avisa que ya es hora de ir al comedor.

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