Entre sueños escucho un dato que me resulta interesante: estamos viajando a ochocientos kilómetros por hora. Pienso en que a esta altura estamos describiendo un ángulo más largo. Si el avión descendiera unos cientos de metros quizá la distancia recorrida sería menor. No avanzo en la reflexión porque vuelvo a dormirme hasta que unos dedos largos y huesudos me tocan el brazo. Es la azafata que me ofrece los auriculares. Me los pongo, busco una canción cualquiera en el sistema de audio adosado al posabrazo del asiento. Comienza una película que a retazos voy viendo sin acabar de comprenderla del todo. No me importa, prefiero dormir.
Ya al final del recorrido, al momento de llenar las formas migratorias me entero que mi compañero de asiento es un polaco que lleva algunos años residiendo en México. Practico las cinco palabras que me sé en polaco y aquel se ríe esperanzado en que le ayude con sus datos para no echar a perder el papelito. Recuerdo que Bety pidió por el Facebook que le pasáramos datos de mexicanos (as) casados (as) con polacos (as). No le he escrito porque sentí que ya estaba bueno de machacar con Polonia.
Y acabo de machacar con Polonia. ¿Qué cosas no?
No hay comentarios:
Publicar un comentario