jueves, 14 de abril de 2011

Emprendemos la caminata por Blasco Ibañez hasta llegar a la playa. El sitio se llama Malvarosa. La referencia es una tienda de tortas que es algo así como un McDonalds pero aquí se llama Pans. A lo largo del camino voy encontrando muros envejecidos de piedras amarillas. Alguien me dice que esperaba ver casas más modernas, más nice. Creía dos cosas contrastadas de la playa. Una: que sería una extensión de arena en cuyas laderas habría algo de vegetación, palapas rústicas y piedras donde sentarse. O bien, una playa bordeada de hoteles más o menos elegantes dispuestos para albergar al turismo. Pero lo hallado es un pequeño villorío cuyas casas son bajas en comparación con los edificios que dejamos atrás. Hace frío, por alguna todavía esperanzada razón esperaba que a alguien se le hubiera ocurrido hacer carteles para invitar a la gente a asomarse a la lectura de poesía que veinte mexicanos hechos bola han venido a hacer aquí. Dos señoras, integrantes de la comunidad de mexicanos en Valencia, emocionadas traen una bandera mexicana, un sombrero de charro en su bolsita de plástico y miran en todas direcciones esperando que llegue un hombre que se supone que cantará rancheras para nosotros. Oscurece demasiado rápido. Formamos la bolita y nos disponemos a aguantar este frío mientras nos escuchamos unos a otros mientras a pocos metros los lugareños caminan indiferentes.
Cuando alguien quiere iniciar la segunda ronda de lecturas Maja nos detiene y dice que si no nos apuramos no hallaremos lugar en el último autobús que va al centro. Así que entonces, de nueva cuenta la bolita se compacta y vamos a la parada del bus. No hay más.

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