sábado, 23 de abril de 2011

Lo he vuelto a hacer

Dejar de poner los datos importantes, las reflexiones que me iban surgiendo en el momento. Y es que para esto de los diarios, descubro que lo que puedo escribir no es ni la mitad de lo que alcanzo a pensar.
Mucho de lo que sucedió en el auditorio de la Universidad no lo he puesto aquí. De alguna manera, la sensación de que ya habái sucedido se mantuvo.
Creo que este encuentro me ha acomodado muchas cosas. He descubierto mis partes débiles en esto de hacer y deshacer contactos.
Me descubro con menos amigos que antes, comprendo mi incapacidad para socializar desde un punto favorable. Me regocijo en exaltar ciertos aspectos, los cuales a algunos convencen y les otorga esa admiración y respeto y todo lo que me dijeron, pero no contribuye a considerarnos más cercanos ni mucho menos.
Cada uno de los asistentes se forjó su propia opinión, pero yo no tengo acceso a todas esas opiniones porque, a diferencia de otros encuentros, conviví menos con ellos. Por ejemplo, Walfred y Neftalí se desaparecían la mayor parte del tiempo. Juan miguel, cuyos cuentos siempre me gustan por hilaridad y su destreza en acomodar las palabras, es sumamente parco a la hora de comentar. Dio sus opiniones cuando se hablaba de la literatura en el norte pero no supe que más. Cielo, es una linda mujer, pero no hayo como ni de qué charlar con ella. Cármen también. Con Adelaida no es posible llegar a nada. Está tan ensimismada en los profundos porcesos de la ética de la estética, que además no acaba de cuajar del todo. Sofía estuvo muy esquiva y malhumorada conmigo.

lunes, 18 de abril de 2011

Sorpresas intelectuales

Entro de polizón en una clase en la que se pasan horas analizando la serie Futurama. El aprendizaje reflexivo basado en las series americanas. Si bien ya me lo esperaba, no deja de sorprenderme el que en la facultad de filología, cuyo nombre me suena a que ahí se hace una profunda vivisección de la comunicación humana, como desentrañando el corpus universal de algo cabrón, me salen con que basta con ver una caricatura americana. En fin. Si hay quien paga en euros para que le expliquen por qué le gusta mirar televisión, allá ellos.
Están son algunas de las sesudas conclusiones:
La digitalización contribuye a la oferta televisiva.
El público se segmenta y se especializa.
Un público que busca productos que se adapten a sus intereses.
El modelo de descarga hace que los expectadores establezcan sus propios horarios de ocio.
Un modelo que supone una mayor interacción con el público.
La publicidad basada en pocos medios tiene mayor poder de penetración que la que se apoya en muchos y diferentes medios.
La manera de construir mentiras y realidades está cambiando.
Aparecen y cada vez son más habituales las series de conjunto.
Nah, ganas de buscarle tres pies al gato cuando sospechan que tiene cinco. A mi parecer se trata de simple sentido común. No más.
Pero por más que quiero mantenerme incólume, otra vez comienzo a cabecear. Así que le digo por lo bajo a Alejandra que me voy de ahí y que ellame disculpe con sus amigas, a las que lo único que lamento es no poderles vender el libro.Luego ya reunidos cerca de la playa, me cuenta que al final de la clase, cuando el profesor se atrevió a sugerir la lectura de un libro, alguna alumna horrorizada puso el grito en el cielo. Por eso, no vayan por ahí lanzando pestes contra los compatriotas que casi no leen. Uno creería que en el extranjero son más afectos  a la lectura, pero en todos lados se cuecen habas. Alejandra ha visto muchísimos casos de apatía intelectual.

Todo mundo come pan

TODO MUNDO COME PAN
Y esto no es una simple perogrullada; Como decir que los mexicanos comemos tortillas. Aquí todo mundo come pan hasta el extremo de desconocer las tlayudas que trajo Walfred. Pues resulta que dejamos una bolsa con las que sobraban en la canastilla de los alimentos libres y aquellas acabaron directamente en la basura, sin que quien haya perpetrado la fechoría se preguntara si a alguien le habrían interesado. Afortunadamente antes de eso, en plena medianoche a Jorge, Adelaida y a mÍ nos dio hambre y hubo que recalentar unos frijoles refritos, un arroz y las tlayudas. Pero nos hacía falta algo picoso. Jorge se puso a rebuscar en los enfriadores y encontró un frasco con algo llamado Salsa Mexicana, envasado en algún lugar de La Rioja; La Puebla de Montalban, en Toledo.  Yo no sé ustedes pero a una salsa mexicana nunca se me ocurre agregarle azucar ni pimientos. El resultado era una cosa parecida al catsup, o quizá a las salsas de las pizzas congeladas.
Horas antes le jugué una broma a un argentino que anda de rol después de acumular tres semanas de vacaciones en su trabajo de programador analista. Le hice probar los chapulines que también trajo Walfred. a él le pareció carne seca, un poco saladita, ligeramente ácida, pero agradable al paladar. cuando preguntó qué era y le dije chapulines, se quedó igual. fue hasta que le dije: Saltamontes, cuando dejó de meter la mano al plato y prefirió no poner más a su pan tostado con salami.

Haymi es de Etiopía

Haymi es de Etiopía. Lleva 16 años en España. Nunca ha regresado a su país, pero mantiene el contacto con su familia. Se hablan casi todos los días. La situación de África es dramática. Gente de su pueblo muere de enfermedades ridículas o de hambre. Sus gobernantes compran aviones de guerra pero no gastan en alimentos. Ella lee mucho. Los libros de estudio, pero no le da tiempo leer poesía o narrativa. Quizá en algún momento compre un libro de cuentos.
Le he regalado uno de los míos.
Haymi se aleja a cada tanto de la mesa donde tomo mi café. Debe trabajar y las distracciones no se le permiten. Tiene un vecino mexicano y otro venezolano. Tiene un perro al que quiere mucho y que siempre le mueve la cola cuando por fin llega a casa después de levantar, día tras día, el tiradero que dejan los huéspedes del hostel. Haymi tiene una sonrisa que brilla. Tiene un cauce de palabras a la espera de quien abra el dique para derramarlas. Haymi se interesa y promete que mañana traerá dinero para pagar el libro. Le digo que mañana ya no estaré en Valencia y entonces me ofrece la mano, con todo y guante de latex, agradece mucho y asegura que lo va a leer poco a poco y que de alguna manera me hará saber su opinión. Me desea feliz viaje, toma su equipo de limpieza y se va por el pasillo donde aún le falta mucho por limpiar.

De precisiones y emociones

Los españoles son muy precisos. No le dan tantas vueltas a las cosas. Por ejemplo, el día que un profesor estaba en el estrado, le llegaron cantidad de llamadas porque se tenía que ir a otra conferencia y ya estaba retrasado. Mientras guardaba sus cosas y se deshacía en disculpas, en la sala algunos asistentes susurraban ¿Pero por qué no se va y se deja de estas chorradas? Vale, que ya se ha disculpado. Si por allá lo esperan, no tiene más que hacer acá. Y es que este académico es mexicano, luego entonces, sentía esa necesidad de decir y decir sin decidir.
Los españoles que opinaban, lo hacían en la mitad del tiempo que los mexicanos y generalmente con mayor claridad. Alejandra me contó varios casos de profesores que llegaban a dar su cátedra con la clase bien preparada, sus apuntes en media carta, y de una leída ya habían soltado todo lo que tenían que decir, sin divagar y sin datos innecesarios. Elena disfrutaba esas clases. Pero Miguel, el otro español fiel que teníamos, prefería un poco al vago de su profesor, que la mitad de la clase contaba anécdotas divertidas e interesantes para contextualizar su clase.
¿Y por qué digo esto? Porque al sujeto que controla el mostrador del hostel le ofrecí mi libro, y antes de terminar de hablar, me dijo un “NO”. Así, sencillo, sin palabrería. “Es que, así, sin conocerte, no”. Fue duro pero en cierto sentido más honesto. Otros me han soltado todo un discurso de que si no llevan dinero, felicidades pero quizá en otro momento, que les deje mi contacto y seguramente se animarán, me piden les explique casi todo el contenido y me dicen “qué interesante”. Otros rebuscan en los sitios de la ropa donde sería extraño llevar dinero menos en los bolsillos, la cartera o el bolso; sólo para poner de manifiesto que no llevan suelto (Cash, diría Zedillo, ante el artesano aquel).
Total que las palabras nos sobran a nosotros.
Y ya.

Quinta vez en Barajas

Algo tiene de siniestro el aeropuerto cuando está vacío y hay todo este movimiento interminable de escaleras metálicas, letreros que se deslizan hacia abajo, luces que parpadean en las pantallas. Y luego ese difuso rumor que no sé de donde proviene. Por momentos no quiero caminar porque me imagino el taconeo agrandado en esta grandiosidad de acero, cristales, luces, columnas, ascensos y descensos.
Me instalo en un banco, más tarde me voy a otro y así poco a poco me voy acercando a un par de pantallas instaladas en los pasillos. No creí que hubiera teles. Debe ser mi poca concurrencia a los aeropuertos. Pero ya que está, me acomodo y veo un reportaje sobre las cárceles de Madrid. Comparo mentalmente la situación de estos presos con la que he visto en los ceresos de Tlaxcala y de alguna manera la diferencia se diluye.
Pero de repente esto comienza a cobrar vida. Pasajeros arrastrando maletas se van arremolinando alrededor de las pantallas y yo no me puedo creer la tremenda necesidad de pantalla que tiene esta gente, hasta que caigo en la cuenta de que vienen expectantes por algo: hoy juega el Real Madrid contra el Barcelona. Con razón. La gente llega con vasos de cerveza. Parece indisoluble la relación fútbol-cerveza, como si el ritual estuviera incompleto sin uno u otro. Como oficiar misa sin hostias ni vino. El juego comienza e inmediatamente los ojos se enganchan a la pantalla. Cada acercamiento de los jugadores a la portería contraria tensa los miembros y las caras de los aficionados de uno u otro bando. De veras que intento emocionarme, pero no se me da. Si me mantengo aquí es porque estoy cabeceando y quiero aprovechar cada retazo de sueño que me desconecte el cuerpo.

No quiero pensar en doce horas de vuelo

Entre sueños escucho un dato que me resulta interesante: estamos viajando a ochocientos kilómetros por hora. Pienso en que a esta altura estamos describiendo un ángulo más largo. Si el avión descendiera unos cientos de metros quizá la distancia recorrida sería menor. No avanzo en la reflexión porque vuelvo a dormirme hasta que unos dedos largos y huesudos me tocan el brazo. Es la azafata que me ofrece los auriculares. Me los pongo, busco una canción cualquiera en el sistema de audio adosado al posabrazo del asiento. Comienza una película que a retazos voy viendo sin acabar de comprenderla del todo. No me importa, prefiero dormir.
Ya al final del recorrido, al momento de llenar las formas migratorias me entero que mi compañero de asiento es un polaco que lleva algunos años residiendo en México. Practico las cinco palabras que me sé en polaco y aquel se ríe esperanzado en que le ayude con sus datos para no echar a perder el papelito. Recuerdo que Bety pidió por el Facebook que le pasáramos datos de mexicanos (as) casados (as) con polacos (as). No le he escrito porque sentí que ya estaba bueno de machacar con Polonia.
Y acabo de machacar con Polonia. ¿Qué cosas no?

Ya en México, confesión de filiaciones

Recorro los pasillos que me llevan a Pantitlán. Soy consciente de su deterioro. Me parecen mugrosos. Momentos antes en el vagón del metro, con todo y sus lámparas fundidas, sus cristales rayados, sus anuncios pintarrajeados, he vuelto a sentir la conexión con esta gente. Quizá no la abrazaría, pero cualquier historia que me contara la creería más que todos los argumentos sesudos que soltamos allá en Valencia. Otra vez recuerdo al viejo que arrastraba lastimosamente su humanidad ayudado por el bastón y que estaba verdaderamente asqueado de toda nuestra autosuficiencia a la hora de emitir juicios. Vuelvo a pensar que es esta gente la que debería ir y decir las cosas, nosotros no. Allá afuera las calles son un caos de carcachas, ajetreo laboral que no dejará más que los pesos para el día de hoy; y mañana a repetir el ciclo. Esto es real, las zonas para turistas son artificiales. Mienten en todos los ámbitos. Los turistas no llegarán hasta acá, de la misma manera que nosotros no llegamos hasta la Valencia verdadera.
Admito que algo haya, que cada ser en cada sitio tiene su dosis de verdad. Tampoco son inexistentes todos esos personajes todo sonrisas y pulcritud y excelentes noticias y parabienes a los visitantes. Todos, todos son parte de una complicadísima realidad que se valida y se confirma en el engarce de millones de pequeñas realidades.
A pesar de mi regocijo en el metro de Valencia, lo cierto es que en cuanto escucho acercarse un altavoz con música de Gerardo Reyes mi pecho vuelve a sentir el garfío emocional que me ata a este país y sus formas de procurarse la explicación a sus sentimientos.
Pantitlán - Acatitla. Pasar de una línea a otra me llena la nariz de olor a fruta podrida. A carnitas apenas a punto de hervir. La línea del tren suena a rock urbano proveniente de una arcaica casetera en manos de un hijo de la Iztapalapa.
Carajo. Soy mexicano. Soy el producto de todas estas cosas; buenas o malas, equivocadas o cínicas. Contrastantes, luchonas, ferozmente alegres.

jueves, 14 de abril de 2011

El Ipatzi Cartonero

Iván Vergara,el editor de Editorial Ultramarina Cartonera nos invita a participar en la inauguración de la Editorial Cartonera de El Dorado, un café que lleva un buen tiempo ofreciendo su espacio a poetas y editores de revistas, fanzines, libros y otros rollos culturales. Entusiasmados nos aventamos todos y a eso de la media noche ya están las mesas listas para recortar cartón, pintar, ensamblar, los poemarios de varios autores locales.

http://es-es.justin.tv/plataformaplaca/b/283556051?


Es entretenido y muy motivador. El Maestro Orlando Guillén es el invitado estrella. se chuta un par de poemas del libro suyo que Neftalí le trajo de México. Terminando el maestro, nos ponemos manos a la obra. En tanto recortamos, pintamos, dibujamos, por el micrófono desfilan varios pintorescos lectores que hace versos hasta con la lista de las compras y con el itinerario de autobuses.
Israel aprovecha y se revienta dos cuentos suyos, que a pesar de escucharse más coherentes, chocan a la mayoría, que esperan unicamente poesía.
Algún rato después ya andamos cabeceando y hay que retirarse a dormir, que la caminata es larga y el recorrido incierto.  El grupo se va dispersando por el camino. Unos se quedan por ahí en busca de más cerveza, otros se meten a un tiendita a comer algo, yo sigo caminando con Zayak y Hermes. Nos perdemos poco, continuamos la charla sobre los pueblos originario y a medida que voy hablando no dejo de sentir el peso de las lapidarias frases del maestro Guillén tras mis orejas.

Por fin llegamos al Hostel. confirmo que hemos dado una gran vuelta cuando veo a la entrada a aquellos que se habían quedado comiendo.
al asomar la nariz al vestíbulo del hostel brota inmediatamente un estruendo mortal del fondo del local.
Yo esperaba ver agitarse las puertas batientes y ver brotar monstruitos tipo gremlins. Se traían un relajo digno de ser filmado. Carmen afirma que en su pasillo el aquelarre protagonizado por los italianos no era menor.
Voy a tomarme mi lechita de la mañana. Me encuentro a Orlando Guillén bebiendo su segundo café. Me pongo a charlar con él y me desmenuza rápidamente sus impresiones del encuentro. ¿Qué me queda agregar después de sus impresiones? Jowita se nos une y me cuenta las suyas, que se parecen muchísimo a las del maestro. Se supone que ya deberíamos haber aprendido a llegar más profundamente en los encuentros mexjoven.
En el trayecto a la facultad me pregunta si visité los pueblos de Polonia. Le confieso que no y entonces me cuenta un par de historias intemporales en Beskid niski, un sitio en las montañas que los polacos llaman el fin del mundo. Una zona donde los Lemkos ancianos se han quedado solos. Hablan un idioma que los polacos varsoviacos poco entienden.
Me dibuja en la imaginación escenas de campo, de pastores, de casas viejas. Me habla de un ceramista al que prometo enviar esas cazuelitas de barro que traje y que no había decidido a quién valía la pena regalar. Acepto que no he conocido Polonia, tampoco Madrid, ni Barcelona ni París, ni Valencia. Es difícil sacar conclusiones en una visita con estas características. Pero entonces, lo entrevisto bien me ha generado una expectativa más específica sobre lo que espero conocer en alguna visita futura.
Al llegar a la facultad, y a falta de otra cosa, me trepo al escenario, junto a Neftalí y me dejo ir leyendo otro cuento. A partir de ahí se siguen los demás hasta que Maja nos avisa que ya es hora de ir al comedor.
Emprendemos la caminata por Blasco Ibañez hasta llegar a la playa. El sitio se llama Malvarosa. La referencia es una tienda de tortas que es algo así como un McDonalds pero aquí se llama Pans. A lo largo del camino voy encontrando muros envejecidos de piedras amarillas. Alguien me dice que esperaba ver casas más modernas, más nice. Creía dos cosas contrastadas de la playa. Una: que sería una extensión de arena en cuyas laderas habría algo de vegetación, palapas rústicas y piedras donde sentarse. O bien, una playa bordeada de hoteles más o menos elegantes dispuestos para albergar al turismo. Pero lo hallado es un pequeño villorío cuyas casas son bajas en comparación con los edificios que dejamos atrás. Hace frío, por alguna todavía esperanzada razón esperaba que a alguien se le hubiera ocurrido hacer carteles para invitar a la gente a asomarse a la lectura de poesía que veinte mexicanos hechos bola han venido a hacer aquí. Dos señoras, integrantes de la comunidad de mexicanos en Valencia, emocionadas traen una bandera mexicana, un sombrero de charro en su bolsita de plástico y miran en todas direcciones esperando que llegue un hombre que se supone que cantará rancheras para nosotros. Oscurece demasiado rápido. Formamos la bolita y nos disponemos a aguantar este frío mientras nos escuchamos unos a otros mientras a pocos metros los lugareños caminan indiferentes.
Cuando alguien quiere iniciar la segunda ronda de lecturas Maja nos detiene y dice que si no nos apuramos no hallaremos lugar en el último autobús que va al centro. Así que entonces, de nueva cuenta la bolita se compacta y vamos a la parada del bus. No hay más.
Los inquilinos del hostel, en su mayoría son jóvenes. Noche a noche han estado armando una bulla demasiado escandalosa en el bar. Le suben a la música, van y vienen por los pasillos y las escaleras, tiran los tacos de la mesa de billar, beben, se tiran cerveza, gritan, se carcajean, chocan sus envases, tartajean en su idioma, que de tanto tratar de averiguar su procedencia ya a nadie le importa si son alemanes, suecos, moldavos, o marcianos.
Ya al avanzar la madrugada, la algarabía va bajando su intensidad muy pronto, los niños deben irse a dormir. Y entonces surge esta canija necedad de los mexicanos, menos escandalosos pero de carrera más larga. A las siete de la mañana aún están bebiendo en la entrada del hostel y se les ven las ganas de seguirse de largo toda la mañana.

miércoles, 13 de abril de 2011

Saliendo de ahí, otro mexicano, Vicente Calleja, que ha sido profesor de la autónoma de Morelos, nos lleva a visitar el museo del Carmen. Sus patios me remiten al nuestro ubicado en el exconvento de San Francisco.
Una colección que se carga entre otros a Kokoshka, Münch, Kirchner, Soroya, Klimt y otras obras que me dejan baldado de tanta magnificencia.
Al salir de ahí regresamos al hostel, donde Maja ha llegado, Joaquín jalaba una maleta que parecía un chile de tela, saludé a los que poco a poco iban llegando y al negarme a acompañarlos en la primera reunión informal so pretexto de bañarme, comprendí que otro retazo de sueño iba a noquearme.
Mario tiene algunos amigos distribuidos en el mundo. Uno de ellos, Lucio Ávila, un excondiscípulo, nos llevó a pocas cuadras al museo IVAM. En este museo hay siete exposiciones diferentes. Vuelve a impresionarme el trabajo de los maestros del renacimiento que aquí se exponen, sobre todo, la obra de Bondini dota de magia y ese halo mundano a ciertas expectativas que Europa siempre me sugiere. El trabajo de Degas en metalurgia me parece inmpresionante. Intento tomar una foto a una pieza y el policía me dice que no, que las cámaras están prohibidas. Pero en cuanto le contesto su semblante cambia. Me dice que él es guatemalteco. Inmediatamente se establece un diálogo que se prolonga por casi una hora de pie, hablando del continente, de la violencia. De las noticias cotidianas que de un continente a otro varían sólo en los matices. Ha sido guarura en México de un peso pesado pero ahora anda en España porque aquello, era inevitable, lo tuvo que esconder por acá. Me cuenta que acá también tienen sus problemas, principalmente con esta raza inmigrante y que un montón de gente considera un cáncer: los rumanos. Afirma que si bien los rumanos son nefastos, él, que viene de una realidad marera, no les teme, que si se le permitiera haría venir a una centena de asesinos y acaban con el problema en una semana. Hay soluciones drásticas que no se llevan a cabo porque son bombas políticas. Por eso no se hace nada, pero muchas veces las souciones están ahí, para el político que tenga los huevos de hacerlo.

lunes, 11 de abril de 2011

En el Hostal

El avioncito de Air Nostrum nos trae a Valencia en cosa de treinta y cinco minutos. Salgo del aeropuerto, tomo la línea verde del metro con el primer sobresalto a mi bolsillo al pagar 2.90 euros. Al desembocar en el túnel donde tomarlo, me vuelve a extrañar el hecho de que aquí los trenes van de derecha a izquierda. Abordo el vehículo e inmediatamente un Valenciano fornido me hace la plática. Es un hombre que en el lapso de quince minutos me pormenoriza toda su existencia en el pueblo, su filiación a la cruz roja, sus diferentes estadíos en México, su vida de casado en Londres, la salud quebradiza de sus padres, los escasos dos años de existencia de esta red de metro valenciano, me apunta dirección, teléfono, casi casi el DNI. Baja una estación antes que yo prometiendo toda la ayuda que sea capaz de brindarme en cuanto yo le haga una llamada. Le agradezco sinceramente todo el rato de compañía y al llegar a la estación Colón otro buen valenciano me indica la ubicación de la Plaza Tetuan, donde está ese hostel que por medio del e-mail me aseguró que ya la universidad había pagado mi reservación para cinco días.
Llegué al hostel, dejé el equipaje. Hablé con Mario Cantú, que parece que siempre será el primero de los integrantes a quien me encuentre y otro pintor llamado David del Águila. Me desvanecí en el sillón del recibidor hasta que alguien me indicó que cuando quisiera podía subir a acomodar mi equipaje y asearme o lo que se me antojara. Subí, abrí la maleta, esparcí mis cosas y nuevamente dormí lo suficiente como para que al despertar ya el sentido del tiempo transcurrido se me hubiera convertido en un extraño churrasco imposible de moldear.
Maja llegó, Joaquín jalaba una maleta que parecía un chile de tela, saludé a los que poco a poco iban llegando y al negarme a acompañarlos en la primera reunión informal so pretexto de bañarme, comprendí que otro retazo de sueño iba a noquearme.
Cuando dsperté ya había dejado por la paz esa necesidad de reconocer el horario local, el reloj depulsera, la mini lap y los relojes en la pared no coincidían de ninguna manera. Ya bañado, con ropa limpia y más espabilado, bajé y en el recibidor ya se encontraba la mayoría. Abrazos por aquí y por allá, risas, recuerdos, palmadas chistes. Muros decorados en un estilo que por un momento me hace recordar el trabajo del amonio, y que acaba por hacerme entender que es una tendencia. En la televisión veo otra modalidad de traducción y consiste en una interprete para sordomudos haciendo los diálogos de todos los personajes de una serie que no reconozco. el café y los tés son gratis, así que puedo beber libremente cualquier cantidad sin desembolsar ni un céntimo hasta que otra vez, a dormir. 

domingo, 10 de abril de 2011

primera parada: Madrid

Veo tres películas infames. No me puedo creer que una de ellas ganara un óscar. Llega un momento en que brazos y piernas se me acalambran. Los ejercicios recomendados por el aparato de vuelo poco ayudan. Como no pude asomarme ni tantito a cualquier ventanilla no encuentro otra cosa que hacer. Ya que lleguemos, por favor.
Al bajar del avión, insisto en pasar por el área vip. No son mejores que el resto de los humanos. Dejan un tiradero igual que los párvulos de preescolar. Hacen basura hasta en el avión. Se roban también los auriculares. No saben ordenar las hojas del periódico.
Una vez en el aeropuerto vuelvo a cometer ciertas novatadas. Como el hecho de caminar de más en los pasillos, pasarme de largo en el ascensor. formarme en la fila de acceso a extranjeros y mostrar al guardia mi hojita impresa con el itinerario de viaje. Entonces él me dice que tengo que ir a los mostradores de Iberia a que me impriman el pase de abordar. Busco en el piso dos el mostrador aquel. Una dependienta mal encarada que me recuerda a la gordita del SAT, y que es igual de atenta y amable y todas esas bonitas actividades que estoy ironizando, me manda a unas máquinas rojas a imprimir por mí mismo el pase. La máquina se niega a reconocer mi clave de vuelo, mi apellido, mi número de pasaporte; todo. Comienzo a desesperarme, voy nuevamente a los mostradores y ahora es un español grandote quien me pide todo el tambache de papeles y me dice: pero si aquí está todo, en México le dieron sus pases de abordar, su tiquet de equipaje y hasta un boleto para participar en la rifa de un avión. (bueno, eso no lo dijo, pero el tonito con que me habló me hizo pensar en esta frase). Total que me voy en busca de la puerta K, que es dos niveles hacia abajo, a esperar que me den las nueve de la mañana para salir rumbo a Valencia. No puedo acomodarme en los asientos, estoy cansado de esas diez horas en el otro avión y ahora casi sucumbo al deseo de tirarme en el suelo y rodar un poco, digamos las tres horas que debo hacer antesala. Pasan parvadas de españolitas, bandadas de españolitos y poco a poco me voy fastidiando de sus chácharas acentuadas. Me siento incómodo, casi como si no me gustara estar aquí. El wi fi es de paga así que renunció a poner esto en la web las horas en que hubiera querido.

Este comienzo no lo es

La segunda vez que piso Europa. La segunda oportunidad de hacer un mejor diario de viaje, aunque no sé si esa es mi intención. Como lo hice en el anterior, trataré de ir consignando lo más fielmente posible todo lo que se me venga a la cabeza, lo que vaya viendo, lo que me llame la atención y lo que crea que signifique algo.
Así que, comienzo.
Se supone que son las once de la noche en México, yo, que estoy en el aeropuerto de Barajas, veo en el reloj que son las seis de la mañana. A través de los ventanales de la puerta de embarque K contemplo las luces de las afueras de Madrid. Las cuatro veces que he estado aquí no me he enterado de cómo es la zona. Bemoles de ser simplemente pasajero en tránsito a otros destinos.
En esta ocasión la experiencia en el avión es menos expectante. No quise comer nada. El desayuno de unos totopos bañados en una salsa verde artificial y un engrudo que suplantaba a la crema me había predispuesto. Quizá el café con sabor a raíces fue lo que acabó por estropearme las habituales ganas de no dejar ni las briznas en los empaques metálicos.
Una vez en el aire, cuando el ambiente se relaja y los pasajeros comienzan a trasegar en sus maletas de mano,  veo escenas curiosas. A derecha e izquierda contemplo rasgos que me ufano de reconocer como españoles, franceses, italianos, mexicanos. Una mujer se enguanta la mano en varios metros de papel higiénico sólo para sonarle los mocos a su hija de unos tres años que berrea con furia. Las filas en los sanitarios vuelven a ser protagonizadas por mujeres.
Los sonidos que elijo en mis auriculares incorporan instrumentos de cualquier parte del mundo. Disfruto mi vino y mi vaso de agua por espacio de dos horas; tranquilo, a pequeños sorbos, atento al efecto en mi organismo. Un par de días atrás, el siete de abril, fui con Ángel a beber clericot y comer crepas de pollo con salsa provenzal y otra de plátano con cajeta. Me maravilló cómo la combinación de música, licor, fruta, sabor y la compañía de Ángel, hicieron que una frescura anímica y corporal se me instalara en el cuerpo, contrarrestando esa infame calor que allá afuera era una viscosidad absoluta.
De vuelta en el avión, escucho un incesante murmullo de voces en distintos idiomas. No identifico nada, pero cada voz me confirma una existencia. Me resulta interesante pensar esto en el diminuto espacio del asiento de un avión. Pienso en la frase que antier le dije a YZM. "El mundo se contrajo hoy hasta hacerme coincidir con la misma gente en mil lugares diferentes". Así, el avión en el que viajo es una alegoría, un muestrario del mundo, todo en estos asientos y pasillos y lenguas y destinos que se esparcirán en riada una vez que aterricemos.
A veces pasa uno que otro pasajero que me mueve el cojín. ¿No será incómodo para algunos el crecer tanto?